Tras el Gran Cataclismo, los trols del Imperio Gurubashi vivieron tiempos de desesperación y pidieron ayuda al dios Hakkar, también conocido como el Cazador de Almas. Hakkar otorgó a los trols gran poder, pero a cambio este dios sediento de sangre exigió sacrificios.
Sus exigencias aumentaron rápidamente y cada vez era más impaciente con sus leales sacerdotes, los Hakkari. Les pidió que buscasen una forma de invocarle físicamente al mundo para que pudiese drenar la sangre de sus víctimas directamente. La mayoría de los Hakkari estaban aterrorizados con la idea pero los Atal’ai, una pequeña facción extremista de los Hakkari, decidió cumplir el deseo de Hakkar.
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